3.6.09

¿Votar o no votar?

Primero, una consideración: Votar es un derecho ciudadano, es elegir entre diversas opciones políticas. Una opción es anular el voto que, en el caso mexicano, se da cuando uno elige a un candidato independiente o no registrado o cuando uno tacha la boleta por dos o más candidatos o cuando se deposita en blanco. En ambos casos (votar y anular) la ciudadanía ejerce un derecho: acudir a la urna y depositar un voto. El otro escenario es no votar, abstenerse no asistir a la urna, quedarse en casita.

Recientemente (y en lo que resta de la campaña) se dará un fuerte debate sobre cuál de las tres opciones es más conveniente ante un hecho incontrovertible: los partidos políticos son un desastre (con honrosas excepciones individuales), no representan a la ciudadanía, está inmersos en corrupción y abuso y la mayoría de las candidaturas son simplemente desconocidas (los partidos hacen su tarea para ocultar sus biografías aún a pesar de que organizaciones, como INCIDE Social, las han buscado con resultados desiguales aún considerando que han realizado solicitudes de información explícitas).

Hay un cierto consenso de que abstenerse no es una opción democrática y no se percibe como una protesta. En México hay una abstención que ronda entre el 40 y el 60 por ciento en promedio (los votos nulos entre el 2 y el 3 por ciento) y las cosas siguen igual. No obstante, hay posturas muy interesantes a favor y en contra de anular el voto como una forma de protesta contra los partidos. A continuación les presento cuatro columnas que dan un panorama de ambas opciones; dos que están a favor del voto nulo (Sergio Aguayo y José Antonio Crespo) y dos que están en contra (John Ackerman y Lorenzo Córdova). Seguiremos al pendiente.


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Por Esperanza
Sergio Aguayo Quezada
Reforma
3 de junio de 2009

Si los candidatos no me convencen, anularé mi voto escribiendo en la boleta el nombre de Esperanza Marchita. A esa conclusión llegué después de revisar los hechos y reconocer que me siento un ciudadano agraviado por la clase política.

Tardé un año en reconciliarme con la idea de anular mi voto. El primer paso fue rendirme ante la evidencia: la degradación de los partidos políticos no es anécdota pasajera; están fundidos con las redes de intereses corruptos que nos exprimen y maltratan. Se salvan personas, grupos e instituciones, pero son incapaces de modificar el quebranto ético y la mediocridad.

También influyó la revisión de la lujosa Memoria gráfica de la elección del 2006 editada por el Instituto Federal Electoral (IFE). Con centenares de fotos, en este documento se construye una visión idílica, beata, irreal sobre aquellos comicios. Por ningún lado aparece la polarización desencadenada por los spots del odio, la parcialidad del Presidente o las caras de las protestas postelectorales. Se trata de un intento ridículo de disimular la baja calidad de nuestra democracia. Ese texto es una metáfora de la intrascendente y costosa levedad de nuestros árbitros electorales: IFE, Tribunal (TEPJF) y Fiscalía (Fepade).

Tampoco convencen algunos argumentos de quienes promueven el voto y/o atacan a quienes estamos por la anulación. Según un correo no verificado, don Lorenzo Servitje promueve el voto por los candidatos del PAN diciendo que aun cuando algunos de sus miembros tienen defectos, éstos "son menores si se comparan a los [de] otros partidos". Por su parte, el cardenal de Guadalajara, Juan Sandoval Íñiguez, predica que "esos [que promueven la anulación] no hacen labor de patria, el abstencionismo va a matar a la democracia, eso no está correcto, hay que votar por el menos peor" (Mural, 22 de mayo del 2009).

Es propio de acomplejados y mediocres proponer al menos malo, sobre todo porque los partidos podrían elegir a candidatos mejores. No lo hacen porque sus liderazgos son burocracias que defienden negocios y temen la llegada de gente mejor preparada. Hay quienes repiten que la anulación favorecerá al voto duro; extraño razonamiento porque todos los partidos cortejan o compran el voto corporativo e ignoran al ciudadano independiente. ¿Cambiará eso si volvemos a darles el voto?

Con la anulación del voto buscamos que cambien y seleccionen a buenos candidatos. Menciono a tres de los que buscan una diputación federal: Jaime Cárdenas, postulado por el Partido del Trabajo en el cuarto distrito de la capital; José Alfredo Gutiérrez va por Convergencia por el tercero de Coahuila y Guadalupe Loaeza, por el décimo del Distrito Federal.

Los razonamientos anteriores me condujeron a la decisión de votar por los candidatos que me convencieran. Volví a constatar cuán poco les importamos a los partidos. Como parte de la construcción de esta columna, le pedí a una colaboradora que averiguara los nombres, historial y propuestas de los candidatos a diputado federal, asambleísta y delegado de la Magdalena Contreras por Convergencia, PT y PRD. Dedicó ¡ocho horas de trabajo! a sacar alguna información sobre los candidatos. Es tanta su desorganización que hasta el domingo 24 de mayo el sitio del PRD-DF no había habilitado el vínculo que permite llegar al perfil de los candidatos. Porque conocí el trabajo de Carlos Reyes Gámiz (PRD) en la Asamblea del DF, votaré por él para diputado federal, pero anularé mi voto en los otros dos casos: ninguno convence.

Tomada la decisión vino la forma de hacerlo. Como es legal cruzar toda la boleta o escribir el nombre de un candidato no registrado, Propuesta Cívica de Guanajuato inventó a una candidata mujer que simboliza, en nombre y biografía, un desencanto común. Esta opción tiene como ventaja que forma parte de un proyecto más amplio de dignificación de la política.

Así, escribir el nombre de Esperanza Marchita en la boleta ayudará a continuar la lucha por el acceso a las boletas de las elecciones. Después de los comicios, Propuesta Cívica, AC (o su media hermana Propuesta Política, APN) iniciará un proceso ante el IFE y las autoridades judiciales para solicitar el acceso a las boletas electorales del 2009 para constatar, en algunas casillas, cuántos votos sacó Esperanza. Votar por Esperanza es, también, respaldar un proyecto más amplio que incluye, entre otras actividades, la queja interpuesta ante el IFE por Propuesta Política, APN contra la propaganda engañosa y manida que difunde el Verde.

Según la última encuesta de Reforma (29 de mayo del 2009) ya somos un 10 por ciento los que pensamos anular el voto. Ojalá y crezca ese porcentaje para que los partidos y los árbitros electorales se den cuenta de la intensidad de nuestro hartazgo con sus dispendios, su desorganización y su cinismo. Esperanza Marchita es una de las muchas opciones disponibles. Todas son legítimas porque coinciden en la exigencia de una revolución ética.


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Abstencionismo y movimiento social
John M. Ackerman
La Jornada
1 de junio de 2009

Estrictamente hablando, el acto de votar es irracional, es más un acto de fe que un cálculo pragmático. Por muy cerradas que se hayan vuelto las competencias electorales en los últimos años, es casi imposible que las elecciones masivas se decidan por un voto. Estadísticamente, la boleta que usted, su vecino o un servidor depositemos en la urna electoral tiene nulas posibilidades de incidir en el resultado final de la elección.

Pero exactamente lo mismo se aplica a la anulación del voto. Un voto en blanco tiene mínimas probabilidades de impactar el desenlace de la elección. Un voto en blanco tampoco será contabilizado como un voto de protesta debido a la total opacidad respecto del contenido de los votos nulos que exige nuestra legislación electoral. El ilegal e inmoral rechazo del acceso ciudadano a las boletas también asegura que el tamaño real de la anulación activa se mantenga en secreto.

El airado intercambio entre los que abogan por la anulación del voto y los que defienden el ejercicio del sufragio es un debate falso. La triste realidad es que, dado el sistema electoral que actualmente tenemos, las acciones individuales simplemente no cuentan.

Lo verdaderamente importante no es lo que hagamos en solitario y en secreto dentro de la casilla electoral, sino lo que nos atrevamos a expresar en colectivo en las plazas y foros públicos. Si lo que queremos es cambiar la cultura política del país, los ciudadanos tenemos que construir una alternativa independiente que de una vez por todas obligue a las autoridades a rendir cuentas y a responder a nuestras demandas.

Una de las lecciones más evidentes de las últimas décadas es que las reformas significativas no surgen de la buena voluntad de los políticos, sino que se construyen a través de vigorosos movimientos sociales. La reforma política de 1996 fue el resultado directo del levantamiento armado en Chiapas y la acción política del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). La reforma electoral de 2007 y las modificaciones a la reforma petrolera de 2008 son victorias atribuibles a la acción ciudadana y política encabezada por Andrés Manuel López Obrador.

A pesar de la desinformación generada a través los principales medios electrónicos, el pueblo mexicano es muy inteligente y cuando entra en acción de manera colectiva tiene el potencial de impactar directamente en el desarrollo de la política nacional.

Sin embargo, falta articular un movimiento social independiente y dinámico que revitalice nuestra fallida democracia. En particular los jóvenes tendrían que asumir un liderazgo central en esta nueva etapa de la vida política del país. La renovación generacional de la política es una tarea impostergable. Los representantes políticos, cívicos, intelectuales y periodistas que típicamente encabezan estos esfuerzos deben entender que el país reclama un relevo generacional que permita el florecimiento de nuevas ideas y nuevos voceros del movimiento democrático nacional.

Los movimientos estudiantiles de 1968 y 1986, así como los primeros años del movimiento zapatista iniciado en 1994, son ejemplos históricos de lo que una juventud movilizada y consciente es capaz de lograr. Quizás en esta ocasión sean los jóvenes militantes de la contracultura los que nos enseñen el camino hacia una nueva forma de hacer política. O tal vez los jóvenes rechazados de las escuelas públicas encontrarán la forma de organizarse para demandar un cambio estructural al sistema de desarrollo excluyente que predomina en el país.

No sabemos de dónde surgirá la esperanza en este momento tan crítico y desolador del desarrollo de nuestra nación. Pero lo que sí queda claro es que el reto más importante es escuchar atentamente las inquietudes sociales y encontrar maneras de movilizar y canalizar la frustración social. Los movimientos sociales no surgen solos, pero tampoco se generan por decreto.

El descontento ciudadano es un hecho. Lo que falta es la conversión de la desesperación pasiva en un plan de acción concreto para la renovación política del país.

La televisión y los poderes fácticos apuestan al desencanto ciudadano y a las reacciones individualizadas ante las crisis política, económica y social. Para estos actores, el abstencionismo sería la perfecta válvula de escape para la frustración creciente del pueblo mexicano. Pero lo que realmente pondría a temblar a un sistema tan corrupto e injusto como el que nos gobierna no es la protesta silenciosa dentro de la casilla electoral, sino la toma del espacio público por una nueva generación harta del engaño y la mentira.


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Voto duro vs. voto nulo
José A. Crespo
Excélsior
25 de mayo de 2009

En una sociedad “sospechosista” hasta la médula, muchos se preguntan qué oscura fuerza está detrás de la campaña a favor del “no voto”.

Una de las inquietudes más fuertes ante el dilema sobre votar, anular el voto o abstenerse, es ¿quién resulta favorecido de un escaso voto efectivo? En una sociedad sospechosista hasta la médula, muchos se preguntan qué oscura fuerza está detrás de la campaña a favor del “no voto” (cualquiera que sea su modalidad), qué partido o personaje patrocina esa corriente de opinión. Hay quienes se niegan a creer que algunos ciudadanos simplemente no se identifiquen con ningún partido, que les han perdido la confianza, que están enojados con ellos por sus diversos abusos e injustificados privilegios y que se han organizado espontáneamente en diversos movimientos inconexos entre sí. No, un siniestro cerebro maestro, con aviesos intereses, debe estar detrás. ¿Quién? He oído y leído diversas teorías al respecto; el infaltable Peje, porque “busca destruir las instituciones”; el PRI, el PAN o el PRD, con la premisa de que alguno de ellos maneja un voto duro superior al de los otros o, ¿por qué no?, el villano favorito, al que hemos visto cómo jala todavía muchos hilos políticos. Tales teorías reflejan una crisis brutal de confianza pública, que descree incluso de la autonomía ciudadana.

Entrando en materia, si bien es cierto que hay diferencias significativas —simbólicas y políticas— entre la abstención y el voto nulo (con su variante de sufragar por un candidato independiente, como lo es la joven Elisa de Anda), las secuelas sobre el resultado final son similares: una y otra expresión de “no voto” favorece al voto duro, es decir, aquel que, bien por un convencimiento ideológico o por estar encuadrado en estructuras corporativas o clientelares, vota siempre por el mismo partido. Y, por eso, la mayor objeción a abstenerse de votar o anular el voto consiste en que, mientras mayor sea el “no voto”, más peso tendrá el voto duro de los partidos. Así es. Pero hay dos aclaraciones sobre ello:

A) No en todos lados el mismo partido es quien tiene mayor voto duro y, por eso, la pregunta de quién se beneficia del “no voto” no acepta una sola respuesta. Podemos partir de que las estructuras partidarias son más fuertes ahí donde se es gobierno: el PRD en el DF, el PAN en Jalisco y Guanajuato, el PRI en Puebla y Tamaulipas. En la pista nacional, se puede suponer que el PRI tiene todavía mayor voto duro y mejores estructuras electorales. Pero la tendencia a favor del tricolor aparecía aún antes de que se debatiera el “no voto”. Curiosamente, he podido observar que los votantes duros de cualquier signo y color tienden a pensar que el “no voto” favorecerá a sus rivales, más que a su respectivo partido, precisamente porque no hay claridad en todos los casos.

B) A quienes se sienten alejados de todos los partidos, por considerarlos esencialmente iguales en su ineficacia, corrupción, abuso e impunidad, les es indiferente el voto duro de algún partido, porque les da igual cuál de ellos gane. Por ejemplo, si ahora el PRI obtuviera una mayoría en la Cámara baja, no verían mayor diferencia respecto a cuando el PAN la ha tenido, o del PRD en la capital. De ahí que, para este segmento del electorado, no genere preocupación si gana un partido u otro —en distintas circunscripciones— a partir de su voto duro. Y es que se parte de que lo que está mal es el sistema de partidos en su conjunto, no un partido con respecto a otro. Desde esa óptica, votar implica respaldar y fortalecer la partidocracia. El voto nulo pretende generar una fuerte presión ciudadana para orillar a los partidos a aceptar reformas que limiten sus privilegios y fortalezcan políticamente a los ciudadanos. O , en el peor de los casos, hacer patente a los partidos el grado de inconformidad existente, en lugar de hacerles ver que estamos muy contentos y satisfechos con su desempeño y sus privilegios.

De tal forma que, si un ciudadano muestra preocupación por el voto duro, significa que no es indiferente a que gane uno u otro partido. Aquellos a quienes les molesta que, por ejemplo, el PRI pueda ganar la mayoría de diputados o el PRD repita en el DF o el PAN siga siendo gobierno en San Luis Potosí, en realidad no son indiferentes: consideran que un partido es peor o mejor que los demás. En tal caso, no votar resultaría irracional. Quien piense que el partido X de verdad es menos malo que el partido Z debiera votar por el primero. Por ejemplo, Mará Elena Morera ha escrito: “Echemos del poder a corruptos e ineficientes y premiemos a los que actúan con compromiso, y hayan privilegiado el bienestar de los mexicanos” (El Universal, 22/V/09). Evidentemente, quien pueda distinguir, como ella, entre un partido corrupto y otro comprometido, debe votar por el segundo (y ojalá nos compartiera cuál es ese estupendo partido). Para quienes no vemos con nitidez esa distinción, da lo mismo votar por el partido X que por el Z.

Incluso, ambas posiciones pueden ser albergadas por un mismo individuo —sin que ello implique una contradicción o un “voto esquizofrénico”—, como lo ejemplifica un lector de Excélsior, crítico del PRD capitalino: “Lo de anular el voto es una buena opción, pero si lo hacemos en las elecciones locales, como en el DF, favorecemos al partido que sea mayoría a nivel local. Así, con el PRD en el DF, anular el voto es casi como votar por esos bandidos. Para diputados federales, no veo problema en anular votos, pues son igual de inútiles unos (partidos) que otros”. De tal forma, quien piense que un partido determinado será motor confiable para reformar al sistema de partidos desde dentro, debería votar por ese partido. Pero quienes creemos que ningún partido está interesado en ello, podríamos anular el voto para presionar desde fuera la reforma de nuestro ineficaz y arbitrario sistema de partidos, más partidocrático que representativo.

Hay quienes se niegan a creer que algunos ciudadanos simplemente no se identifiquen con ningún partido.


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¿Por qué sí votar?
Lorenzo Córdova Vianello
El Universal
3 de junio de 2009

Desde hace varias semanas ha venido cobrando fuerza una postura que llama por no votar en las próximas elecciones, o bien por acudir a las urnas y anular el sufragio. La intención, se dice, es la de protestar por esa vía contra una clase política corrupta y contra partidos que son antidemocráticos en su vida interna, que en realidad no representan los intereses de los ciudadanos, y que están dirigidos por élites que con miradas cortoplacistas buscan sólo satisfacer sus ambiciones personales y de grupo.
Se dice también que ese voto de castigo es una manera para obligar a los políticos a hacerse cargo de su descrédito y a propiciar, en consecuencia, que volteen a ver a la sociedad y atiendan sus legítimos reclamos.

El llamado a no votar o a anular el voto no es algo nuevo. En naciones europeas en ocasiones se ha recurrido al “voto en blanco” como una medida de protesta contra la falta de alternativas políticas reales, como en el caso de Italia, donde el rechazo a Berlusconi, por un lado, y la incapacidad de la izquierda de articular un discurso coherente que se opusiera al del magnate televisivo llevaron a muchos a postular la anulación del voto.

Entiendo los argumentos de quienes buscan impulsar esta postura en México pero no los comparto por las siguientes razones fundamentales:

1. Porque con el diseño legal que tenemos actualmente no existe la posibilidad de distinguir el voto anulado con motivo de protesta de aquellos que suponen un mero error.

2. Porque no es cierto que todos los partidos sean iguales. Existe un evidente descontento hacia los políticos que cruza transversalmente las fronteras partidistas, pero también hay varios aspectos de crucial importancia social que los distinguen y que suponen posicionamientos diferentes en torno a temas como la despenalización del aborto, el modo de combatir al crimen organizado, la manera de enfrentar la crisis económica, el tipo de reforma fiscal que se plantea, la actitud frente a la desigualdad y la pobreza, etcétera.

3. Porque los órganos representativos (en este caso la Cámara de Diputados) se van a integrar en su totalidad, con independencia del número de abstenciones o de votos nulos, y nada garantiza que los partidos tomen nota del reclamo que se les pretende hacer con la anulación del sufragio. Es más, estoy convencido de que un elector que vota por un partido tiene más autoridad moral para reclamarle a éste o a sus representantes las razones y motivos de su actuación. A fin de cuentas, una baja votación no supone de ninguna manera que se incremente el principio de rendición de cuentas, al contrario.

4. Finalmente, y esta es mi razón más importante, el llamado a no votar o a anular el voto no hace otra cosa más que hacerle el juego, conscientemente o no, a las posturas encarnadas por los grandes grupos de interés económico y mediático, que desde hace años han venido construyendo un sistemático y ramplón discurso de descrédito de la política, de los políticos y de los partidos. Basta ver los noticiarios estelares de la televisión para entender el punto.

Detrás de ese discurso se esconden peligrosas pulsiones autoritarias. Se trata de aquellas voces que cotidianamente abonan al desprestigio de la política y del Estado (particularmente de los órganos legislativos) con la evidente intención de hacer prevalecer sus propios intereses. La debilidad institucional sólo conviene a unos cuantos: a aquellos que apuestan por la personalización de la política o a aquellos grupos de presión que buscan imponer su propia agenda. Al fin y al cabo, no hay que olvidar que sin partidos y sin parlamento la democracia se agota.

El reto que tenemos enfrente como sociedad es rehuir a las salidas falsas (como la abstención o la anulación del voto) y encontrar verdaderos mecanismos de exigencia (no sólo durante las elecciones, sino de manera permanente) para demandar a la clase política comportarse a la altura de los graves problemas por los que atraviesa el país.

2 comentarios:

  1. Anónimo2:49 p.m.

    Quiza valdría la pena no olvidar que ejercer el voto es una obligacion del ciudadano como se establece en el Artículo 36 de la constitución en su parrafo III.

    Lo anterior desde mi punto de vista conlleva a cambiar el sentido de la pregunto

    a como votar o porquien votar????

    y aquí es donde la puerca tuerce el rabo

    En lo personal el procedimiento a seguir es el siguiente:

    1) inicia con la evaluación de las propuestas partidistas, y he de confesar que dificilmente es elemento decisivo en mi voto.

    2)evaluación de candidatos. Este proceso se tornaba mas certero -incluso muchos candidatos no coinciden en mucho con los partidos que los proponen- pero en la actualidad es tan sofisticado el proceso electoral que creo que hasta los candidatos son hologramas porque dicen existir pero nadie los ve a ciencia cierta
    3) la propuesta presentada ayer en milenio tv me parece muy interesanta si y solo si se hayan agotado las opciones anteriores quiza lo unico que agregaria a mi posible voto en alguna de las opciones a Esperanza Marchita sería agregar como segundo apellido "y un Rosario" a fin de que Dios nos Agarre confesados.

    Lo mas importante de la propuesta y me parece que falto resaltarlo aun mas es que un voto por la Lic o Inge (de cualquier forma "ciudadana") Marchita es que a diferencia de un tache en toda la boleta, esto da un buen elemento para la solicitud de revision de boletas electorales y se le quita la posibilidad a quien a conveniencia a negado el acceso a ellas en los procesos anteriores, de negar la revision de estas.

    Eso mi estimado carnalillo version Chicote Postmoderno si estuvo bien "concienzudo"

    Creeme que de este lado, "ese apoyo si se ve", "ese apoyo si se ve", "ese apoyo si se ve".

    yop

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  2. Estimado yop,

    Me parece muy acertado su comentario, creo que complementa muy bien la visión de quienes consideran que anular el voto es una opción.

    Le envío la respuesta a una pregunta recurrente sobre Esperanza Marchita que puede serle de utilidad:

    ¿Hay alguna diferencia, legal o jurídicamente hablando, entre tachar la boleta con una cruz que la cubra y votar por un candidato no registrado (Esperanza Marchita)?

    1) Sí hay diferencia. La opción de votar por una candidatura no registrada está aceptada por la ley (Artículo 252 del Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales –COFIPE) como una opción que aparece en la boleta (cuando se la entreguen, verás un recuadro en blanco donde puede anotar el nombre de Esperanza Marchita).

    2) Se distingue del voto nulo (cruzando la boleta) porque en el acta de escrutinio y cómputo, el voto por candidaturas no registradas se contabilizan aparte (Art. 277 del COFIPE), de manera que podemos distinguir entre quienes anularon por error y quienes, al no estar convencidos por ninguna otra candidatura, han decidido apoyar a una candidata independiente.

    3) Una vez pasadas las elecciones, hay más posibilidades de acceder a las boletas (un derecho negado hasta ahora) si lo hacemos a través de una solicitud de información en los términos del artículo 6to Constitucional preguntando por el número de votos para Esperanza Marchita.

    4) No obstante, en efecto, ambos tipos de votos se consideran como “votos nulos” (Art. 274) en contraste con la votación para elegir representantes populares. Dicho de otro modo, ni Esperanza Marchita ni cualquier otra opción podrá ser Diputada, Senadora o Presidenta aún cuando obtenga la mayor cantidad de votos.

    5) Tampoco se diferencian en el caso que, de acuerdo con la ley (Art. 292), si los votos nulos superan la diferencia entre el primer y segundo lugar, entonces se abre el paquete electoral y se recuentan los votos en el cómputo distrital. No hay diferencias pues los votos nulos y los de candidaturas no registradas se consideran genéricamente como “votos nulos”.


    Le comparto también que el correo electrónico de Esperanza Marchita es:
    emarchita@gmail.com

    Esperanza Marchita también está en Twitter
    http://twitter.com/Emarchita

    Y a partir de hoy, también ya tiene Blog:
    http://emarchita.wordpress.com/

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