6.4.06

Starálfur / Por Alberto Serdán

Nadie sabe cómo, porqué, con qué motivo o finalidad, pero siempre están ahí como eternos guardianes de sueños, juegos y fantasías. Siempre mirando hondo. Siempre con dulzura. Siempre atentos, sempiternos.

Y a veces eran los dragones, las fogatas, los morados, los pelirrojos, los globos de cantoya, las velitas de cumpleaños y los bichitos de San Antonio. Siempre el mismo deseo, con todas las ganas, siempre el mismo.

Eran muchos los sortilegios. Patas de cabra por aquí, patas de conejo por allá y uno que otro polvo mágico para comenzar. Girasoles, alhelíes y la mariposa que besó al colibrí.

Es la luz al pie del día, el inicio, el comienzo. Aventura familiar que nos asombra. Ésa es la magia. Ése el código aprendido. Ése el paso siguiente.

Los duendes caminan, juguetean, cantan con la firme intención de ser vistos sólo con el corazón. Así han sido vistos desde nuestra casa, así te miro asombrado.

Así nuestros niños, los que somos y los que hemos sido.

Así nos encontramos una y otra vez. Ola que salpica y nos envuelve.

—¿En verdad los ves?— pregunté.

—No, pero me gusta creer que los veo. En mi casa no puedo hacerlo— respondió.

—¿Y los demás?

—No, a ellos les gusta creer también.

Así el corazón.

2 comentarios:

  1. Anónimo2:17 a.m.

    esta hermosoooo!!!!!!!!! me gusto muchisimoo!!!!
    noelle

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  2. ¡Muchas gracias! A mí también me gustó.

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